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La deconstrucción se lleva por dentro

Por David Bombai

Abril 2012

I

“Siempre que veas su nombre escrito en papel, será para desprestigiarle”. El secretario carraspeó antes de seguir hablando. El ascensor subía vertiginosamente hacia la planta treinta, repeinándolos de nuevo. “Pero es un buen hombre: dinamiza la economía. No tendría un Maserati aparcado en el garaje si no supiera cómo ganarse la vida”. Mientras hablaba, no quería que sus palabras sonasen demasiado frívolas. “No me entiendas mal: tener un coche de pobres tampoco es una vergüenza”.

Entraron en el despacho de Milton Brockbury que salió a recibirlos con una sonrisa que a Raoul le pareció hecha de billetes de cincuenta dólares. “Señores, tomen asiento –Milton siempre era muy amable cuando alguien estaba a punto de hacerle cien millones de dólares más rico– ¿Un café? ¿Una copa? ¿Un purito importado? Lo que quieran, me lo piden”. Después de estrecharle la mano, el secretario aceptó un whisky con dos hielos. “¡Nancy! ¡Mueve tu culo de camarera de Wisconsin y sírvenos tres whiskys bien cargados!”. La chica entró azorada, tropezando con sus zapatones de tacón, regalo de un Milton prehistóricamente atento y cariñoso, acarreando una bandeja de plata con tres vasos y un bloc de notas. “¿Para qué diantre traes la libreta? ¿Vas a hacernos un dibujo? ¡Largo de aquí! ¡Sin relinchar! ¡Y no escuches detrás de la puerta que te conozco!”. Nancy dejó los vasos sobre la mesa y salió tan rápidamente como entró.

Milton tenía un retrato gigantesco de Mussolini presidiendo su oficina. A Raoul, el ayudante del secretario, un joven rechoncho y narigudo con gafas de culo de vaso, no le pareció un buen presentimiento. “Lo tengo porque es mi héroe. No vayan a sacar conjeturas erróneas”. El secretario lo pasó por alto: no era para nada aficionado a la historia. Raoul, en cambio, sintió crujir el suelo bajo sus pies.

“Bueno, ¿hablamos de negocios?”, dijo Milton, emocionado con la idea de construir el nuevo complejo de oficinas de la Delegación del Tesoro. El secretario dio buena cuenta del whisky y habló ligeramente achispado: “Ya le dije por teléfono que a priori el Consistorio podría aceptar su presupuesto sin poner muchos inconvenientes. Sólo hay un tema que debiéramos discutir… –el rostro de Brockbury se endureció como el plomo– El alcalde necesitaría explicar todos los gastos. Se nos está investigando desde muy cerca”.

Milton pensó que le tomaban el pelo. “¿Y cómo quieres que declare cincuenta millones de dólares sólo en cemento, madera y vidrio, niñato? ¡Los sueldos de la puñetera mano de obra extranjera se me quedan en menos de la mitad! ¡No hay manera humana de maquillar eso!”. Ahora sí que temblaba el suelo. Y las paredes. Y las ventanas. Hasta la señorita Nancy debía de estar dando botes en la recepción como si naufragara a bordo del Titanic.

Al secretario no le complacía nada poner a Brockbury contra las cuerdas: por lo que él sabía, ese hombre le había ahorrado muchísimo dinero al alcalde en azulejos para el baño. “Entiéndame, Milton: somos un organismo público; nos investigan con lupa. Antes hacíamos las cosas de otro modo, pero ahora…”. El empresario se levantó de su asiento y se situó frente al escritorio. Milton era ahora el vivo retrato de Don Benito. Miró con desprecio a los dos hombres y dio un manotazo tremendo sobre la mesa, tan grande que al ayudante del susto se le escurrió el maletín de entre las manos. “¡Yo me cago en lo público! ¡El precio son cincuenta millones, veinte en blanco y el resto no le interesa a nadie!”.

Raoul levantó el brazo para hablar: “Si me permiten, tal vez hubiera una forma de solucionarlo”. Se colocó las enormes gafas otra vez sobre el puente de la nariz, torpemente movidas a causa del sudor frío. El secretario giró la cabeza hacia su ayudante y asintió, permitiéndole seguir hablando. “Si usted destinara una parte del presupuesto a nuestros sueldos, seguramente podríamos hacer la vista gorda con respecto al resto”.

El empresario comprendió. Se sentó sobre su mesa y recompuso para bien la expresión de su cara. “¡Haber empezado por ahí! ¡Nancy, trae más whisky! ¡Sois un par de hijos de puta, pero me caéis bien!”. Raoul relajó los músculos, permitiéndole sentarse por fin a gusto. El secretario tragó saliva y, ahora sí, cogió el puro importado y se lo encendió con la soberbia de un terrateniente sureño.

II

“¡Malditos chupatintas chupasangre!”. El chofer conducía a la velocidad de la luz en dirección a casa mientras Milton despotricaba en la parte de atrás, retorciéndose y gimiendo como un tigre en una jaula demasiado estrecha. “¡Todos son iguales! ¡Más dinero! ¡Hazme este favor! ¡Consígueme aquello! ¡Di que sí! ¡Acepta el trato! ¡Acepta el puto trato!”.

El empresario cerró de un portazo, escuchándose el mazazo hasta en Wichita. Laura bajó aterrada la escalera. “¿Qué pasa ahora? ¿Qué son esos humos?”. Milton no quiso explicarse y se metió en la biblioteca. “¿No vas a decir nada? ¿Entras, destrozas la puerta y te escondes como una rata?”. Milton no estaba para monsergas; lo que quería era una ducha caliente y dos horas bien aprovechadas en casa de Madame Szalenska: “¿No te ibas a ir? ¿No ibas a coger el montón de cosas que te he comprado durante estos últimos veinte años y me ibas a dejar? Sinceramente, ya me había hecho ilusiones”. Laura sintió asco, no podría decirse de otra manera, dio media vuelta y corrió escaleras arriba hasta la habitación de matrimonio, para echarse a llorar sobre la colcha de cuatro mil dólares que sin duda metería en la maleta con las demás cosas.

Dos horas después se le pudo ver en compañía de una exuberante mulata en la habitación 503 de Casa Szalenska, a doscientos dólares la noche y cuarenta por una cena tibia a base de sándwich Reuben y Coca-Cola de vainilla.

Eso era para Milton la buena vida.

III

Rebecca Brockbury hacía ya dos años que le había perdido todo el respeto a su padre. Una noche, mientras se lo montaba con Ricky Robertson en el estudio del primer piso, tropezando por toda la habitación, a golpes con los cuadros, con la escultura de Brancusi y con la estantería de caoba colombiana, un sobre sospechoso escondido detrás de la Enciclopedia Británica cayó al suelo. Dentro había cincuenta mil dólares y una nota manuscrita: “Bar Lafayette, 6 de junio, 15h”.

No quería ir, tenía miedo, pero estaba obligada. El 6 de junio se plantó en la mesa del fondo y esperó hasta que su padre apareció y después el consejero de urbanismo, que se fue a casa con un mullido sobre relleno con el sueldo de tres años de una cajera de supermercado.

Entonces, Rebecca lo entendió todo. Nunca más quiso saber nada de Milton, el gran empresario, el hombre que contaba chistes en las fiestas de Nochevieja, provocando la hilaridad de primos, tíos, amigos de la familia y señoritas de compañía camufladas de sirvientas. Se alió con su madre para odiar a su padre y así llevaban ya largo tiempo.

“Mamá, dejo la universidad. Me voy a vivir al Village con mi novio Paolo. Vamos a montar un negocio de venta de jabones orgánicos, nos casaremos y tendremos un hijo al que llamaremos Rayo de Luna”. Para empezar, no tenía un novio oficial desde Ricky Robertson y los cincuenta mil dólares; los hombres habían pasado por su vida como montados en coches de carreras. Pero todo lo que pusiera de mal humor a sus padres servía como perfecta excusa. Lo que quería era escapar bien lejos, convertirse en actriz, o en novelista, o en camarera de media jornada. Daba igual. “Escapar” era el verbo.

“Necesitaré dinero para mi nueva vida”, pensó. Y se acordó de la Enciclopedia Británica. Rebuscando entre los libros halló la caja fuerte que durante tantos años se preguntó si realmente existiría. Tenía que abrirla y sus problemas estarían resueltos. Y, ¡qué casualidad!, justo ayer conoció a un ladrón de bancos…

I

El secretario se cortó con el abrecartas. Mientras maldecía a los bárbaros que en la era de Internet aún se atrevían a enviar misivas, alguien llamó a la puerta. Entró un hombre espigado, con cara de no haber dormido en cuarenta y siete años, mejor vestido que cualquier ministro y con un cigarro en la boca. “Aquí no se puede fumar”, pensó el secretario, pero ni decírselo pudo, de lo impresionado que estaba por el extraño personaje.

“Buenos días. Vengo a hacer negocios, si no le parece mal”, dijo el hombre. “¿Quién es usted? No le conozco. ¿Cómo se llama?”. El secretario sintió cómo la mano se le iba hinchando por momentos; la sangre brotaba lenta pero incansable más allá de ese tajo abierto en medio de la palma. “¿Quién soy? ¿Cómo me llamo? –el extraño buscó en los archivos de su imaginación, y no se le ocurrió gran cosa– Digamos… Smith. Aunque eso es irrelevante. Lo importante aquí son los millones de dólares que usted y yo nos vamos a meter en el bolsillo”.

El secretario receló de tanta dicha y quiso saber más. Digamos Smith se mostró cortés y siguió explicándose, aunque por dentro le hervía la sangre ante la infantil desconfianza: “La Delegación del Tesoro. Soy su hombre. Mi empresa termina el 80% de todas las construcciones que empezamos. Somos tan de fiar como un dolor de muelas en mitad de la noche. Podría dejarnos al cargo de sus hijos y se los devolveríamos con un número ínfimo de moratones, mordeduras de serpientes y posesiones demoníacas. No quiero presumir, pero soy un visionario, además de un sobornador implacable. ¡Y tengo una siniestra gabardina de nylon negro!”.

Enmudeció con tanta cháchara. Contemplaba boquiabierto al repentino visitante, sin creerse una palabra, por cierto. Si algo era el secretario, además de corrupto y ambicioso, era leal a sus amigos. “Ni hablar: esa obra ya está adjudicada”. Digamos Smith se molestó, ahora sí, mostrando su auténtica cara. “Tendría que haberle avisado: no he venido a negociar, he venido a informarle. Las cosas están así, voy a hacerme con esa obra. Usted quizás no esté al tanto, pero sepa que Milton Brockbury ya es historia”.

V

Sea como fuere, Rebecca volvió a enamorarse. Furry MacMahon desató de nuevo sus más bajos instintos al verlo discutir acaloradamente con Charly el barman por una copa extra. “Charly, ya pago yo”, se ofreció la chica. “Encantado de aceptar su invitación. Soy un hombre dominado por fuerzas que escapan a mi control”.

Tal vez fuera por el exceso de neblinas rutilantes, o por su forma de hablar, o por el olor a tabaco rancio, pero Rebecca siempre se sentía atraída por individuos con similares conflictos de autoestima. “¿A qué debo el placer?”, preguntó el hombre. “No soporto ver a un alcohólico mendigando un gintonic”, confesó Rebecca con una sonrisa canallesca arrebatadoramente sensual. El hombre se relamió el tupé y fantaseó con una noche en cama ajena. “Aquí donde me ve, tengo unas manos prodigiosas”. Rebecca no tardaría en comprobarlo por sí misma, pero antes quiso deleitarse con horas y horas de conversación ahogados por el humo del bar y el licor de cuarenta grados.

“En prisión teníamos una norma: «Nunca te vayas a la cama con un navajazo en el estómago.» Lamentablemente, eran muchos los que diariamente la desoían”. Furry estaba muy orgulloso de su paso por San Quintín. El olor a reclusión penetraba fuertemente por las fosas nasales de Rebecca, poniéndole la carne de gallina y el corazón a los mandos de un reactor. “¿Qué embriagadora y erótica aventura te llevó a prisión?”, preguntó la chica mientras se relamía observando las expertas manos de MacMahon. “Definitivamente, el confiar mi vida a un atajo de aficionados –Furry tragó saliva, y mucha ginebra, antes de continuar–. No me gusta fanfarronear, pero hasta que este camarero divorciado e infeliz se ha negado a servirme una ridícula copa, yo era el ladrón de bancos más condecorado de esta apestosa ciudad. Sin embargo, me asocié con la gente equivocada”.

Un borracho cayó al suelo provocando una algarabía de risas y porrazos. El barman salió corriendo de la barra para reprenderle y poner orden, momento que Furry aprovechó para pasar al otro lado y birlarle una botella de whisky de quince años. “Parece que aún mantienes intactas tus facultades”, le piropeó Rebecca, impresionada por la velocidad de sus movimientos y la belleza de sus andrajosas formas. “Cuando se trata de alcohol, mis dedos no conocen el miedo”.

Para entonces, ya era demasiado tarde: el influjo de MacMahon sobre la pequeña de los Brockbury era tan fuerte como el odio que definía la relación con su padre.

VI

La vida de Laura dependía de Milton. No quería aceptarlo, pero así era. Había vivido bajo su ala de buitre durante tanto tiempo que se había inutilizado a sí misma. No sabía ganar dinero. Era incapaz de manejarse en el mundo moderno sin el respaldo de su esposo. Lo que sí sabía era hacer maletas: metió los enseres que fue acumulando durante tantos años y se dispuso a abandonar el hogar conyugal con una mano delante y otra detrás. Eso era preferible a pasar un minuto más sometida al yugo de un tirano desconsiderado que no sabía ni pedir las cosas educadamente. Laura no recordaba la última vez que rieron juntos; a lo mejor no había pasado nunca.

Veinte años atrás, Laura era una chica impresionable que cruzaba el país como tercera actriz en la Compañía de Teatro Ambulante de Elizabeth Rosenbaum. Laura era la encargada de recitar las frases que Shakespeare incluía en todas sus obras y que no tenían trascendencia alguna en la trama. Aunque eso les importaba muy poco a los habitantes del medio-oeste: se pasaban las dos horas de representación mirando el escote de las intérpretes.

En aquellos años, Laura comía como un pajarito para no molestar a nadie. Milton se fijó en ella desde la fila catorce en la improvisada platea de la plaza mayor de Little Calgary. Eran fiestas. Era verano. El calor y la jarana embotaban el cerebro. Y el teatro malo precedía a una noche de improvisada discoteca malsana. Milton se acercó a Laura, que bailaba tímidamente recubierta de moscones de pueblo, futuros encargados de gasolinera o reponedores de supermercado. “Tú tienes que venirte conmigo. Nosotros aquí no pintamos nada. Yo quiero hacerme rico a toda costa, y tú quieres otra vida. ¿Me equivoco?”.

Y se fue con él. Dejaron atrás Little Calgary, y Big Whiskey, y Old Town, y Great River, y Young Malibu, y acabaron aquí, a cuatro mil kilómetros de casa, pero a cinco minutos de un político al que poder sobornar.

Lástima que los años lo emponzoñen todo. Y la avaricia. Y el sexo fuera del matrimonio. De lo contrario, quizás hubieran sido una pareja como tantas otras. Poco a poco fueron dejándose por perdidos, él a ella con sus frustraciones y sus quejas; y ella a él con sus amantes, sus estafas y sus inversiones fraudulentas.

No encontró ningún buen recuerdo que meter en la maleta. Salió de casa. Y ni siquiera cerró con llave. La casa era el pasado, y del pasado nadie quiere hacerse cargo.

VII

Furry no encontró impedimento alguno para asaltar la mansión de Milton Brockbury. Se coló por una puerta trasera y avanzó sigiloso hasta el estudio. Sólo rompió un par de jarrones e incendió una butaca Chippendale, pero a parte de eso estaba dejando en muy buen lugar a la Clase del 75 de ladrones de guante blanco. Las luces estaban apagadas, pero como si hubieran estado encendidas: no había ni rastro del servicio. La casa estaba oficialmente abandonada. Pensó que después tendría que contarle a Rebecca que podía ir olvidándose de otra Navidad normal y corriente.

Tal y como dijo la chica, detrás de la Enciclopedia Británica había una caja fuerte empotrada en la pared, una classic serie 2000 de rueda, de veintiséis centímetros de altura y treinta y dos de fondo. Podía haber muchos billetes de cien dólares ahí dentro: un montón de benjaminfranklins que ansiaban el calor del contacto humano.

MacMahon se aplicó para reventar la classic: tuvo que aguzar sus sentidos, malogrados por culpa de dos meses de total abandono al licor, al tabaco húmedo, a las pastillas para dormir y a la televisión basura. Finalmente, la caja cedió mostrando su interior vacío desgraciadamente de amigos verdes, repleto en cambio de documentos oficiales, informes confidenciales y planos de construcción en papel vegetal.

El consumado asaltante se llevó las manos a la cabeza: “¡Malditos multimillonarios! Siempre se las ingenian para fastidiarte”. ¿Tanto esfuerzo para nada? Esta vez no iba a ser así. Furry cogió los documentos, los guardó en su bolsa y salió de la casa con silencioso estruendo: la colección de platos de cerámica Wood’s Ivory Ware, recopilados por Laura concienzudamente a lo largo de diez años, besó la lona sucumbiendo al empujón descuidado de un MacMahon furioso que no había sacado ni un centavo de esta aventura nocturna. El hombre, aún pudiendo salir por la puerta de entrada, prefirió hacerlo por la ventana, como Dios manda, rompiendo los cristales y cayendo después torpemente sobre el césped, manchándose el chándal negro oficial de ladrón con el rocío de la madrugada. Abandonó precipitadamente los dominios del todopoderoso Milton Brockbury y corrió a refugiarse vete tú a saber dónde, resuelto a sacarle partido como fuera a tan nefasto golpe.

VIII

Rebecca buscó a MacMahon durante cinco días con sus quince noches. No dio con él ni aquí en el bar de Charly, ni en su rijoso apartamento de soltero, ni en casa de Madame Szalenska. La joven se temió lo peor: el ladrón habría escapado a México con su dinero. Ahora mismo estaría bailando un agarrado con Juanita, la sensual hija de un terrateniente de Churubusco, empecinada en desafiar a su padre liándose con cuantos gringos se cruzaran en su camino. Una cohorte de mariachis compondrían canciones de amor dedicadas a los dos amantes que entonarían a la luz de la luna de ahora en adelante. El señor Mendoza asistiría impotente al matrimonio de su hija con un presunto vividor, alcohólico y mujeriego, aficionado a coger lo que no era suyo, borrando después las huellas digitales. Pero Mendoza, harto de la facilidad con la que los billetes se resbalaban de las manos de su yerno, billetes que salían precisamente del bolsillo del magnate, quizás contratara a una banda de sicarios que terminarían sanguinariamente con la vida de Furry en una recóndita playa de Oaxaca. Con un poco de suerte, su cadáver sería lanzado después al mar para que fuera devorado por los cangrejos, los calamares y los peces payaso…

“¡Déjate de fantasías y entrégate a la bebida!”, alentó Charly a la joven, sirviéndole otro cóctel de champán cargado de vodka. Ella aterrizó en el mundo real y comprendió de qué se trataba en verdad: era un triunfo más de Milton Brockbury. Su padre siempre ganaba, igual que la banca, incluidas las trampas: las cartas estaban marcadas y los dados imantados. Ella había sido esta vez la última víctima de sus engaños. “Charly, si quieres llegar a ser algo en la vida, tienes que olvidarte de la moral. Sólo los desalmados salen victoriosos”. La cabeza de Rebecca giraba en círculos a punto de entrar en órbita.

El barman se apiadó de la chica: “Tienes que vivir tu propia vida, bonita. Olvida a tu padre. Olvida su dinero. No te manches las manos. No seas como él”. Hermosas palabras que salían de la boca de un hombre cuyo mayor logro era poner nombres exóticos a los combinados del fin de semana. “Haré caso a tu analfabeta sabiduría, sólo para conseguir que dejes de darme la brasa –confesó Rebecca finalmente– y huiré bien lejos, allí donde los viscosos tentáculos de mi padre no puedan alcanzarme. Chequea tu e-mail, Charly, quizás algún día te escriba para explicarte lo feliz que soy”.

IX

La redacción del diario La Lucha se encontraba al final de la calle, en un edificio con fuertes medidas de seguridad. Su carácter revolucionario le había ocasionado más de un ataque indiscriminado. Algunos de los periodistas más combativos temían sinceramente por sus trajes de seda y sus automóviles de cuarenta mil dólares. Furry MacMahon atravesó el arco electrónico temblando como una hoja: no por si al endemoniado cacharro se le ocurría aullar, sino porque eso era lo que sentía siempre que le rodeaban personas que trabajaban honradamente para ganarse la vida.

Anton Frankfurter, el redactor jefe con el que se había citado, salió a recibirle con una sonrisa de oreja a oreja, tendiéndole la mano. “Soy Frankfurter. ¿Y su nombre era…? ¡No me lo diga! Me he propuesto el deber de acordarme de este tipo de cosas”. Frunció el ceño y empezó a gemir, parecía que los sesos le fueran a hervir. Furry se apiadó del buen hombre: “MacMahon, para servirle”. El periodista reaccionó: “¡Exacto! Me abría acordado igualmente, pero tiene razón, así ahorramos tiempo y vamos al grano. Pasemos a mi despacho”.

Al calor de las luces fluorescentes, los diplomas y los recortes de diario encuadernados, periodista y fuente pusieron sobre la mesa uno de los temas más candentes de los últimos años. Frankfurter abrió los ojos como platos después de revisar concienzudamente cada uno de los documentos que le había traído Furry MacMahon: “¿Me está diciendo que todo esto estaba en la caja fuerte personal de uno de los mayores constructores del país? ¡Cielo santo! ¿Me está diciendo que ese hombre ha comprado, sobornado y corrompido a medio ayuntamiento para hacerse con las obras más importantes? ¡Por Dios! ¿Me está diciendo que la nueva sede de la Delegación del Tesoro va a ser un despilfarro económico de proporciones épicas, proyectado con un presupuesto inflado y una pista de tenis? ¡Maldición! ¿Me está diciendo que los funcionarios podrán ver películas de estreno en la sala privada de cine del ala oeste?”.

Furry creía no haber abierto la boca desde que dijo su nombre en la puerta, pero si el periodista lo aseguraba, él que era un hombre ilustrado y cabal, debía de ser verdad. “Sí, se lo estoy diciendo”.

Anton se levantó de su mullido asiento para recorrer la oficina con la cabeza gacha y las manos a la espalda, como un auténtico librepensador. Miraba de vez en cuando a Furry, otras veces miraba sus cuadros, y otras el ordenador portátil conectado a Internet que reproducía un vídeo graciosísimo de un niño tropezándose con sus propios pañales. “Vamos a ver: ¿qué quiere usted a cambio?”. El ladrón hizo un gesto conocidísimo con los dedos, pero ante la incomprensión del periodista, tuvo que acabar hablando: “Dinero, es evidente. Una cantidad razonable que me asegure el no tener que jugar nunca más a la ruleta rusa con cinco eslavos para pagarme la cena”.

El redactor jefe le tiró una Lucha a la cara: “¡Por quién nos ha tomado! ¡Llevamos treinta años combatiendo la corrupción! ¡Hemos encerrado a más políticos que carteristas la policía! ¡Nuestra dignidad es inquebrantable! ¡No nos vendemos a nadie, no delatamos a nuestras fuentes! ¡Somos un reducto de honor en la ciénaga de la información! ¡Tenemos diecisiete Premios Pulitzer trabajando para nosotros! ¡En 1985 nos atacaron con cócteles molotov! ¡Y al año siguiente secuestraron a nuestro ilustre director durante una semana para que no publicáramos una noticia, que acabamos publicando cuando aún no le habían liberado! ¡Tenemos cartas de lectores de todo el planeta agradeciéndonos nuestra integridad!... Podemos pagarle como mucho sesenta mil dólares”.

Furry ladeó la cabeza, fastidiado por el contratiempo de tener que seguir perteneciendo a la clase media-baja. Con ese dinero no podría retirarse, aunque era más de lo que había reunido en estos últimos y delictivos siete años. El ladrón miró un momento por la ventana: los edificios se habían convertido en billetes gigantes de cincuenta dólares, dispuestos en paralelo, que aleteaban como banderas al viento. Un skyline monocromático de distintas tonalidades de verde que le susurraba al oído recordándole lo puñeteramente pobre que era. Así pues, aunque a regañadientes, aceptó el trato. Había estado a punto de no sacar ni un chavo, ya podía estar contento. “Ahora le recomiendo que ponga los pies en polvorosa –dijo Frankfurter–: cuando esto estalle será una bomba que estallará como una bomba”. MacMahon se llevó los dedos a la boca, como un crío que no sabe la respuesta en clase: “¿Y qué hago? ¿A dónde voy?”. El periodista pensó unos instantes: “Hay un sitio lo suficientemente alejado…”, y le entregó un colorido folleto con la foto de una caravana, un tanto ajada pero predispuesta, cuya cabecera rezaba “Turismo de Churubusco”. Con la efusividad de un funcionario gris, divorciado y con cáncer, dio su respuesta: “Ah. Vale. Guay”.

X


Antes de en esta ciudad, Digamos Smith había estado en muchísimos sitios. Salvaguardaba su verdadera identidad igual que un superhéroe salvaguarda la suya. En su caso, claro está, se trataba de un súpervillano, uno con muchísimas manías, algunas divertidas y otras de las que más nos valía mantenernos alejados. Coleccionaba peluches con la cara de Louis de Funès –esa era una de las malas, por supuesto– o gastaba dinero en majaderías como el sombrero de copa y la gabardina de nylon negra que constituían su atuendo de malhechor oficial. Pero lo que más le gustaba era sobornar, y estafar, y destrozar carreras de políticos, y construir edificios que se venían abajo a la mínima bocanada de aire. Por lo demás, Digamos Smith estaba acostumbrado a conseguir todo cuanto se le antojaba, ya fuera la esposa de un amigo o quinientos millones de dólares en diamantes africanos.

“No se me va a escapar el contrato del Tesoro”, se repetía mientras se afeitaba con navaja en la suite imperial 1405 del Hotel Pierre de Nueva York. La mujer con la que había dormido había desaparecido oportunamente durante la madrugada, para no eclipsar la llamada matutina de su esposa desde la hacienda en Churubusco. “La niña ha vuelto a escaparse, cariño –le dijo Miranda, con su marcado acento del interior–. Juanita un día nos dará un disgusto. El de ahora se llama Bernabé o Sebastián, no me acuerdo. Es el hijo del chofer, fíjate tú”. Al otro lado del teléfono, Digamos Smith, de nombre auténtico Rigoberto Mendoza, pudo oír a su mujer dando una calada a su Gauloise y un sorbo a su Chivas Regal 25 años. “Tranquila, volverá cuando tenga que cambiarse de vestido para otra fiesta. Ahora dime: ¿cómo están nuestras finanzas?”. Si algo había que le importara más que robar y matar era mantener su dinero a buen recaudo. Pobre de aquel que osara escamotearle un solo dólar.

Se anudó la corbata con un windsor y se disfrazó con su atuendo de batalla, el sombrero y la gabardina, para salir a la calle y hacerse con el contrato más importante de construcción desde la Torre de Pisa o el puente Golden Gate de San Francisco hecho con macarrones por el señor Rosenberg de Milwaukee.

Digamos Smith giró el pomo de un despacho en la cuarta planta del consistorio y se encontró a un hombre tras un escritorio de contrachapado, peleándose con el teclado del ordenador: “Si no me han informado mal, usted quiere ganar dinero de verdad”.

XI

Los periodistas no solían ponerse en contacto con él. Se jactaba de guardar celosamente las interioridades de su vida privada, y los inconvenientes de la vida pública. Milton respondió al teléfono y el redactor jefe de La Lucha le instó, no, le obligó a reunirse con él al jueves siguiente, a las diez de la mañana. Quería incluso que fuese antes, el martes o el miércoles, pero Brockbury se mostró intratable en ese punto: ningún extraño le organizaría la agenda mientras él mantuviera intactas sus facultades mentales.

El jueves Anton se personó en la casa desierta de Milton, que como un millonario excéntrico recibió al invitado en batín y blandiendo un Magnum.44 cargado. “Vamos a publicar una noticia sobre usted, pero antes es preciso que contrastemos la historia”, anunció el periodista. Milton arrugó la nariz y se sentó en su sillón de cuero, cruzando las piernas, la izquierda sobre la derecha, y con el arma en el regazo. No dijo nada; se limitó a mirar de reojo a Frankfurter.

El periodista, impresionado por la frialdad del empresario, tragó saliva, abrió su maletín de cuero tejano y dejó sobre la mesa los documentos incriminadores: “¿Los reconoce? Si quiere le puedo poner al corriente con nombres, infracciones y cifras. Pero me imagino que ya sabe de lo que le hablo. Saldrá pasado mañana en portada de mi periódico… –Milton cambió de posición, cruzando ahora la derecha sobre la izquierda, pero sin dejar de acariciar el arma– O puedo olvidarme de todo si me llevo una parte aceptable de las ganancias”.

¡Esto ya era el colmo! Milton se levantó y comenzó a chillar como un energúmeno, pistola en mano, que si cómo se le ocurría venir a chantajearle a su casa, que si él no trabajaba para que un periodista de tres al cuarto se hiciera rico, que a él nadie le roba lo que él ha robado antes. Anton seguía el Magnum con la mirada, arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda, más preocupado por un balazo que por una acusación formal de extorsión y cohecho. “¿De qué cantidad estamos hablando?”, preguntó finalmente el airado empresario. “La mitad, más o menos… –dijo Frankfurter– Piense que mi periódico lo lee muchísima gente: si yo hablo, la gente escucha; y cuando escribo me pasa lo mismo”. Cristalino.

Brockbury señaló al periodista con su afiladísimo dedo índice y le acusó de otras mil desvergüenzas más antes de aceptar el repugnante trato. “Demasiado dinero… Pero con eso compraré su puñetero silencio para el fin de los días. ¿Estamos?”. Anton asintió, cerró su maletín, vacío ahora de documentos, y sin estrecharle la mano a Milton –no fuera a ser que se cortara– salió de la mansión como futuro propietario de una gran fortuna, amén de una sonrisita tonta que sabe Dios cuánto tiempo tardaría en desaparecerle.

Todo lo contrario que Milton: si hubiera tenido a mano un Magnum.44 de buena gana le habría pegado dos tiros a ese que había osado extorsionarle en su propio hogar. Una llamada telefónica le sacó de su arrebato criminal. Era el secretario, con noticias apetitosas como chuletas de cerdo: “Te esperamos a las ocho. Tenemos la reunión del Consejo para firmar el contrato del Tesoro. Mañana vas a ser cincuenta millones de dólares menos pobre. Trae pastitas”.

XII

Las nubes tenían forma de billetes de veinte dólares, con la cara de Jackson en el centro, y un apetecible olor a papel moneda. Aunque su matrimonio se hubiera hundido, su hija le hubiera repudiado y un periodista le estuviera chantajeando, siempre le quedaba el consuelo de ser un hombre inmensamente rico que lo iba a ser un poco más. Daba igual a cuánta gente hubiera sobornado para conseguirlo. ¡Ah, el dinero! ¡Siempre el dinero! El único que nunca la abandonaba.

Brockbury entró orgulloso en el consistorio, saludando con un beso a cuantas funcionarias se encontró a su paso. “Hoy vais a verme volar, chicas”, decía. Y te puedo asegurar que se lo creía a pies juntillas.

En la sala de reuniones se encontraban el secretario y cuatro personas más, todos ellos sonrientes, que saludaron a Milton con un caluroso apretón de manos. “¿Cómo está?”. “¿Le apetece un café?”. “Qué bien le sienta ese traje”. El secretario les invitó a sentarse y colocó delante de ellos una estilográfica cargada para hacer dinero: “El señor Brockbury, aquí presente, ha tenido a bien acompañar su visita de los planos del futuro complejo que albergará la nueva sede de la Delegación del Tesoro. Así podremos ver lo que firmamos –dijo jocoso el secretario–. De esta forma callaremos a los escépticos que pretenden minar nuestro entusiasmo por su proyecto”.

Milton prefería menos charla y más acción; el contrato se moría de ganas de que insertara en él su rúbrica para escupirle a la cara millones y millones que hubiera necesitado de cuatro o cinco años más para ganarlos. Pero en lugar de eso, se abrió la puerta y apareció Raoul, seguido de una sombra: “Disculpe, señor secretario y señores consejeros, pero hay una persona que quiere conocerles y, a ser posible, explicarles en profundidad una nueva propuesta para la futura delegación”. El secretario se alarmó, temiendo conocer al misterioso nuevo candidato. Milton miraba ahora a Raoul, ahora al secretario, ahora a los consejeros, ahora a la sombra, sin entender qué era lo que estaba pasando. ¿Qué extraña broma era esta? ¿Por qué osaba nadie enturbiar sus transacciones comerciales?

Digamos Smith abandonó la oscuridad para saludar al Consejo: lo hizo quitándose el efectista sombrero de copa y dejándolo sobre la mesa. “Si me permiten, quisiera presentar oficialmente mi candidatura”. Y lo hizo mostrando diez fajos de billetes que repartió a los consejeros como cartas de póquer. El secretario dedujo que Raoul se había llevado una buena tajada, y ya puestos a aceptar la derrota, se preguntó si su asistente habría tenido la decencia de guardarle una parte.

“¿¡Pero qué es esto!? ¿¡Quién es usted!? ¡No puede aparecer aquí sin cita previa!”. Evidentemente, estas preguntas sólo podía formularlas un desquiciado Milton, puesto que los consejeros se encontraban demasiado enfrascados en contar el dinero como para ponerle reparos a la aparición. Digamos Smith quiso calmarle, por pura cortesía hay que añadir: “No se sulfure, querido Brockbury. Reconózcase simplemente como penosa víctima de una derrota. Esto no es ni más ni menos que el fin de su autarquía”.

XIII

Ya eran dos las heridas abiertas en el secretario: una, la de la mano que no se le había acabado de curar. La otra, vender a su amigo por unos cuantos millones de dólares de más. Al presupuesto inicial de Milton, Digamos Smith añadió de su bolsillo sesenta millones a repartir entre los implicados. “Compréndenos, hombre: estamos acostumbrados a un determinado tren de vida. Te hemos hecho ganar muchísimo dinero. ¿No es justo que ahora seamos nosotros los que nos llevemos un buen pico? Ya habrá otras obras, Milton. Y podrán ser todas para ti”, quiso convencerle el secretario. “¡Sí, claro! Si no aparece otro millonario para quedarse con el trabajo! –se quejó Brockbury–. ¿Qué nos está pasando? Antes esto era un negocio decente: tú querías una carretera nueva, y yo un apartamento a pie de playa. Ahora hemos de hipotecarnos para llegar a fin de mes. ¡No es justo!”.

“Los tiempos cambian, Milton. La competencia se endurece”. El secretario se estaba gastando mentalmente su parte en un viaje por el Adriático. Milton cayó abatido sobre el sofá de siete mil dólares, duro como una piedra, resbaladizo y sonoro, regalo de un proveedor de papel higiénico para hospitales: “Yo nunca quise mi cabeza sobre una colina. Nunca he perseguido la fama. Sólo he amado una cosa en mi vida: el dinero. ¿Es eso un pecado? –se lamentó el empresario– Estoy harto de los reproches, y de las quejas. Estoy harto de los intentos de asesinato a final de mes. He perdido a mi mujer y a mi hija, sin olvidar a todas mis amantes a lo largo de estos últimos veinte años. ¿Y para qué? ¿Para darles a todas un hogar que compartir conmigo, y al final me han abandonado?”. El secretario comenzó a pensar que Milton estaba llegando a algún tipo de moraleja del cuento –“¿Qué sacas en claro de todo esto, amigo?”–, mientras recordaba sus modelos favoritos de coches deportivos ingleses.

En realidad, Brockbury sí estaba pensando en algo, y era en su condenada buena suerte para los negocios al fin y al cabo: justo ahora que un periodista le hacía chantaje poniendo en tela de juicio su ética profesional, no era capaz de conseguir el contrato que seguramente le hubiera hecho dar con sus huesos en la cárcel. “Supongo que debería aprender una lección de todo esto”, dijo sinceramente. Se repantigó en el sofá, que ahora sí le parecía cómodo, y con las manos detrás de la cabeza como cuando tomaba el sol en las Seychelles en compañía de Wendy “La Masajes”, se sintió el empresario corrupto más afortunado del planeta: “Me tomaré unas vacaciones. Unas largas vacaciones. Esperaré a que pase la tormenta que se avecina… y cuando vuelva, dile a tu sustituto que trate a Milton Brockbury como se merece”. El secretario se extrañó: “¿Mi sustituto?”. Milton rió para sus adentros, a carcajadas salvajes, y se encendió un puro cubano imaginario.

“Sí. Yo sé lo que me digo”.

XIV

Anton Frankfurter había desayunado rápido y mal en un bar del centro. Del café a las tostadas, y después al cigarrillo, no paró de maldecir entre dientes, como un paciente con un cuadro clínico de locura transitoria. El periódico rezaba: “Rigoberto Mendoza consigue el contrato del Tesoro, para sorpresa de sus mayor competidor”. Estaba de muy mal humor: no se pierden veinticinco millones de dólares cada día.

Entró en la comisaría dando tal empujón a las puertas que casi las descolgó de sus bisagras. Se acercó al mostrador, y enfurruñado como un crío, soltó su perorata: “Tengo información confidencial que implica al secretario del ayuntamiento, a su ayudante, a los integrantes del Consejo, y a un multimillonario mexicano de corrupción inmobiliaria, asociación indebida y estafa pública. Probablemente el alcalde también esté en el ajo…”.

El agente de policía lo miró arrugando el rostro. Luego le echó una hojeada rápida a los documentos, chasqueó los dientes, cerró la carpeta y se la devolvió al periodista mientras negaba con la cabeza…

”Hijo, ¿y por qué tenemos que desperdiciar esta oportunidad con una vulgar denuncia, cuando ambos podríamos sacar una más que suculenta tajada?”.

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