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Un drama de nuestro tiempo

Por Fernando Sorrentino

Junio 2012

Este episodio ocurri cuando la juventud y el optimismo eran atributos que me acompaaban.

En el barrio de Las Caitas, y por la calle Matienzo, corran las tibiezas de octubre. Seran las once de la maana y era jueves, el nico da de la semana que el horario escolar me dejaba en plenitud para m: yo era profesor de Lengua y Literatura en ms de un colegio secundario, tena veintisiete aos y un ilimitado entusiasmo hacia la imaginacin y hacia los libros.

Me hallaba sentado en el balcn, tomando mate y releyendo, despus de unos tres lustros, las encantadoras aventuras de Las minas del rey Salomn: not con alguna tristeza que ya no me gustaban tanto como entonces.

De pronto supe que alguien me estaba mirando.

Alc la vista. En uno de los balcones del edificio de enfrente, y a la misma altura del mo, sorprend la presencia de una muchacha. Levant la mano y le mand un saludo. Ella me dijo chau con el brazo y abandon el balcn.

Interesado en las posibles derivaciones, trat de entrever el interior de su departamento, sin ningn resultado.

"Esta no sale ms, me dije, y volv a la lectura. No habra ledo diez lneas, cuando reapareci, ahora con anteojos ahumados, y se sent en una reposera.

Empec a prodigarme en gestos y ademanes infructuosos. La muchacha lea o finga leer una revista. "Es un ardid", pens; "no puede ser que no me vea, y ahora se ha puesto en exposicin, para que yo la contemple. No poda distinguirle bien las facciones, pero s el cuerpo: alto y delgado; el pelo, lacio y oscuro, le caa a plomo sobre los hombros. En conjunto, me pareci una hermosa muchacha, de unos veinticuatro o veinticinco aos.

Abandon el balcn, fui al dormitorio, la espi a travs de la persiana: ella miraba hacia mi casa. Entonces sal corriendo y la sorprend en esa postura culpable.

La salud con un ampuloso ademn, que exiga la recproca. En efecto, me retribuy el saludo. Despus de los saludos, lo normal es iniciar una conversacin. Pero, desde luego, no bamos a gritarnos de vereda a vereda. Entonces efectu con el ndice derecho cerca de mi oreja ese movimiento giratorio que, como todo el mundo sabe, significa pedir permiso para llamar por telfono. Metiendo la cabeza entre los hombros y abriendo manos y brazos, la muchacha me contest, una y otra vez, que no entenda. Canalla! Cmo no iba a entender?

Entr, desenchuf el telfono y regres con l al balcn. Lo exhib, como un trofeo deportivo, alzndolo con ambas manos sobre la cabeza. "Y, taradita, entends o no entends?. S, entenda: el rostro le relampague en una sonrisa blanca y me respondi con un gesto afirmativo.

Muy bien: ya tena autorizacin para telefonearle. Slo que ignoraba su nmero. Era menester preguntrselo mediante mmica.

Recurr a gestos y ademanes muy complejos. Formular la pregunta resultaba difcil, pero ella saba perfectamente qu necesitaba conocer yo. Por supuesto, y tal como suelen proceder las mujeres, quera divertirse un poco conmigo.

Jug hasta donde le fue posible. Y, por ltimo, fingi comprender lo que ya, desde el principio, haba entendido sin dudar.

Dibuj con el ndice unos jeroglficos en el aire. Me di cuenta de que ella escriba para su propia lectura y de que me era necesario "decodificar los rasgos que yo vea como ubicado tras un cristal. Con este mtodo de leer en espejo obtuve las siete cifras que me pondran en comunicacin con la bella vecina de la casa de enfrente.

Yo estaba contentsimo. Enchuf el telfono y disqu. Al primer ring, levantaron el tubo:

S...! atron en mi odo una gruesa voz de hombre.

Sorprendido por esta bifurcacin, vacil un instante.

Quin habla? agreg el vozarrn, ya con un matiz de clera y de impaciencia.

Este... musit, amedrentado. Hablo con el 771...?

Ms fuerte, seor! me interrumpi, de modo insoportable. No se escucha nada, seor! Con quin quiere hablar, seor?

Dijo ms fuerte en lugar de ms alto, dijo no se escucha en lugar de no se oye, dijo seor con el tono que suele emplearse para decir imbcil. Asustadsimo, balbuce:

Este... Con la chica...

Qu chica, seor? De qu chica me est hablando, seor? en el vozarrn acechaba una amenaza.

Cmo explicarle algo a alguien que no quiere entender?

Este... Con la chica del balcn mi voz era un hilito de cristal.

Pero no se apiad. Al contrario, se enfureci ms:

No moleste, seor, por favor! Somos gente que trabaja, seor!

Un iracundo clic cort la comunicacin. Azorado, qued un instante sin fuerzas. Mir el telfono y lo maldije entre dientes.

Luego califiqu con duros adjetivos a aquella muchacha tonta que no haba tenido la precaucin de atender ella misma. En seguida pens que la culpa era ma, por haber llamado tan pronto. De la rapidez con que atendi el hombre del vozarrn, deduje que el aparato estara al alcance de su mano, acaso sobre su escritorio: por eso haba dicho "Somos gente que trabaja. Y a m qu? Todo el mundo trabajaba: no haba mrito especial en ello. Trat de imaginar a ese individuo, atribuyndole rasgos odiosos: lo pens gordo, rojizo, sudoroso, panzn.

Ese hombre estentreo me haba infligido una terminante derrota telefnica. Me sent un poco deprimido y con deseos de venganza.

Despus volv al balcn, resuelto a preguntarle a la muchacha su nombre. No estaba. "Claro, infer, optimista, "estar junto al telfono, esperando con ansiedad mi llamada.

Con renovados bros, pero tambin con temor, marqu los siete nmeros. O un ring; o:

S...!!!

Aterrorizado, cort la comunicacin.

Pens: "Ese troglodita se permite tiranizarme slo porque a m me falta un elemento: el nombre de la persona con quien quiero hablar. Es necesario conseguirlo.

Despus razon: "En la Gua Verde hay una seccin donde es posible encontrar los apellidos de los clientes a partir de sus nmeros de telfono. Yo no tengo Gua Verde. Las grandes empresas tienen Gua Verde. Los bancos son grandes empresas. Los bancos tienen Gua Verde. Mi amigo Balbn trabaja en un banco. Los bancos abren a las doce.

Esper hasta las doce y cinco, y llam a Balbn:

Oh, querido amigo Fernando contest, me hallo en extremo regocijado y confortado de or tu voz...

Gracias, Balbn. Pero escuchame...

...tu voz de joven despreocupado y libre de obligaciones, deberes y responsabilidades. Feliz de ti, querido amigo Fernando, que tomas la vida como un devenir afortunado y no permites que ningn hecho exterior enturbie la paz de tu existencia. Feliz de ti...

No tengo cmo probarlo pero ruego ser credo: juro que Balbn existe y que, en efecto, habla as y dice ese tipo de cosas.

Despus de adornarme con aquellas imaginarias venturas, se pint a s mismo sin permitirme hablar como una especie de vctima:

En cambio, yo, el humilde e nfimo Balbn, contino hoy, como lo hice ayer y lo har maana, y por todos los siglos de los siglos, arrastrando un gravoso carro de miserias y de tristezas, a travs de este prfido planeta

Yo haba odo miles de veces esa historia.

Me distraje un poco esperando que concluyese con sus quejas. De pronto, o:

He tenido mucho gusto en hablar contigo. Ser hasta cualquier momento.

Y cort la comunicacin.

Indignado, al instante volv a llamarlo:

Che, Balbn! le reproch. Por qu cortaste?

Ah dijo. T queras decirme algo?

Necesitara que te fijaras en la Gua Verde a qu apellido corresponde el siguiente nmero de telfono...

Aguarda un instante. Voy a buscar mi estilogrfica, pues aborrezco escribir con lpices o biromes.

Me devoraba la impaciencia.

Ese nmero dijo, al cabo de algunos minutos corresponde a una tal Castellucci, Irma G. de. Castellucci con doble ele y doble ce. Pero, para qu lo quieres?

Muchas gracias, Balbn. Otro da te explico. Chau.

Ahora s: yo me hallaba en posesin de un arma poderosa. Marqu el nmero de la muchacha.

S...!!! tron el caverncola.

Sin vacilar, con voz sonora y bien modulada, y con cierto tinte perentorio, articul:

Por favor, me comunica con la seorita Castellucci.

De parte de quin, seor?

Que pregunten de parte de quin es una costumbre que me irrita. Para desconcertarlo, le dije:

De parte de Tiberades Heliogbalo Asoarfasayafi.

Pero, seor! estall. La familia Castellucci hace como cuatro aos que no vive ms aqu, seor! Siempre estn molestando con ese maldito Castellucci, seor!

Y si no vive ms ah, para qu me pregunt de par...?

En la mitad de la palabra me interrumpi su furioso clic: ni siquiera me haba permitido expresar esa mnima protesta ante su despotismo. Ah, pero eso no iba a quedar as!

A toda velocidad, volv a discar:

S...!!!

Con pronunciacin de retardado mental, pregunt:

Habdo co da famidia Castedusi?

Pero no, seor! La familia Castellucci hace ms de cinco aos que no vive ms aqu, seor!

Ah... Qu suedte: estoy habdando con ed seod Castedusi... Cmo de va, seod Castedusi?

Pero no, seor! Entindame, seor! estaba hecho una dinamita. La familia Castellucci hace como siete aos que no vive ms aqu, seor!

Cmo est ust, seod Castedusi? insist, cordialmente. Y su seoda? Y dos pibes? No se acuedda de m, seod Castedusi?

Pero quin habla, seor? el monstruo, adems de terrible, era curioso.

Habda Madio, seod Castedusi.

Mario? repiti, con asco. Qu Mario?

Madio, seod Castedusi: Madio, ed que se escuendi en ed admadio.

Cmo...!? no me haba entendido bien: yo tena la boca llena de risa.

Madio, seod Castedusi, Madio Adbedto.

Mario Alberto? Qu Mario Alberto?

Madio Adbedto, ed que tiene un ojo bizco y ed otdo tuedto, seod Castedusi.

Aquello fue una especie de bomba atmica:

Pero no molests, idiota, haceme el favor!!! Por qu no te pegs un tiro, infeliz!?

Podque no puedo, seod Castedusi. Tengo una punteda de miedda, seod Castedusi. Da dtima vez que quise pegadme un tido en da cabeza, mat sin queded a un pingino que estaba en da Antdtida, seod Castedusi.

Hubo un instante de silencio, como si aquel individuo enloquecido de rabia, para no ser fulminado por un infarto, aspirase, en una sola bocanada, todo el oxgeno de la atmsfera terrestre.

Yo, muy atento, esperaba.

Entonces, con el mximo furor y ahogndose en su propia clera, el vestiglo lanz sobre m, a los gritos, esta descarga de artillera pesada, donde cada palabra, impaciente por ser proferida, se tropezaba con las dems:

Pero morite, pedazo de idiota, tarado cerebral, grandsimo repelotudo, parsito, infradotado de mierda, cornudo, intil, inservible, pajero, reverendo imbcil, sifiltico, blenorrgico, boludo alegre!!!!

Me siento muy hondado pod sus padabdas, seod Castedusi. Muchas gdacias, seod Castedusi.

Cort de un golpe violentsimo. Fue una lstima: me habra encantado que siguiera insultndome. Era delicioso imaginar a mi enemigo: rojo, transpirado, mesndose los cabellos y mordindose los nudillos, quiz con el aparato telefnico averiado a causa del golpe...

Experiment algo parecido a la felicidad y ya no me import no haber podido hablar con la muchacha del balcn.

Valentín Pérez Venzalá (Editor). NIF: 51927088B. Avda. Pablo Neruda, 130 - info[arrobita]minobitia.com - Tél. 620 76 52 60